Cuando llevas años en terapia, pero sientes que aún no has encontrado la respuesta
Si pudieras responderte con absoluta sinceridad, sin miedo a decepcionar a nadie y sin necesidad de convencerte de que todo va bien... ¿Dirías realmente que has encontrado la respuesta que llevabas buscando durante tantos años?
Porque, aunque has mejorado:
todavía hay situaciones que siguen haciéndote sufrir
conflictos que aparecen una y otra vez
vacíos que permanecen
deseos importantes que nunca terminan de hacerse realidad...
Y, poco a poco, empiezas a acostumbrarte a convivir con la idea de que quizá eso sea simplemente la vida...
Sin darte cuenta, comienzas a construir una explicación que te permita aceptar esa realidad.Te dices que la terapia es un proceso para toda la vida, que siempre habrá heridas que nunca desaparecerán, que aprender a gestionar el malestar ya es suficiente, que nadie consigue resolver todos sus problemas, que quizá estás pidiendo demasiado...
Y esas ideas consiguen tranquilizarte durante un tiempo.
Hasta que vuelves a encontrarte con personas que hablan de cambios profundos, personas que cuentan que han logrado construir relaciones sanas, recuperar la ilusión por su trabajo, sentirse en paz consigo mismas o experimentar mejoras que tú llevas años esperando.
Entonces aparece una incomodidad difícil de reconocer.
Una parte de ti quiere alegrarse por ellas.
Otra empieza a preguntarse por qué, después de tanto esfuerzo, tú sigues sintiendo que algo importante continúa sin resolverse.
Pero enseguida intentas apagar esa pregunta. Te dices: que comparar no sirve de nada, que eso es envidia, que deberías aprender a valorar lo que ya has conseguido, que quizá el problema sea que nunca te conformas con nada...
Y vuelves a guardar esa inquietud en silencio, no porque hayas dejado de desear una vida diferente, sino porque empezar a cuestionarte el camino recorrido da miedo:
Da miedo pensar que quizá necesitas algo distinto.
Da miedo imaginar que has podido dedicar años a un proceso que no respondía exactamente a lo que tú necesitabas.
Da miedo tener que empezar de nuevo.
Da miedo equivocarte otra vez.
Da miedo encontrarte con un profesional menos preparado que el actual.
Da miedo perder incluso los avances que sí has conseguido.
Así que decides continuar, no porque estés plenamente convencido, sino porque la incertidumbre de cambiar parece todavía mayor que la incertidumbre de permanecer donde estás. Y, poco a poco, la resignación empieza a parecerse demasiado a la tranquilidad.
Permanecer en un proceso por miedo a equivocarte de nuevo también es una decisión, y , en ocasiones, la más difícil de cuestionar.
Cuando una persona lleva demasiado tiempo buscando respuestas, quizá la siguiente necesidad no sea empezar otra terapia, sino recuperar la claridad para comprender cuál es el siguiente paso que realmente tiene sentido.


Llevas años haciendo terapia. Si alguien te preguntara cómo estás, probablemente responderías que mejor que antes, y sería cierto.
Has aprendido a conocerte más, comprendes mejor muchas de tus reacciones, quizá ya no repites algunos comportamientos del pasado y dispones de herramientas que antes no tenías. Mirando atrás, reconoces que ha habido avances y que tu esfuerzo no ha sido en vano.
Sin embargo, hay una pregunta que casi nunca te permites hacerte.
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