Cuando empiezas a sospechar que algo no está funcionando

Has aprendido muchas cosas sobre ti, tienes más herramientas que antes, comprendes mejor algunas de tus reacciones, y hay situaciones que ahora gestionas de una manera diferente.

Sin embargo, desde hace un tiempo hay algo que empieza a incomodarte, no sabes muy bien cuándo comenzó:

  • Quizá fue un comentario de alguien que te conoce bien.

  • Quizá una conversación con un familiar.

  • Quizá un amigo que, con toda la delicadeza del mundo, te dijo que te veía más apagado que antes.

  • O quizá nadie te dijo nada...

Simplemente un día te sorprendiste pensando algo que llevabas demasiado tiempo intentando evitar.

¿Y si realmente no estoy mejor?

La pregunta aparece durante unos segundos y rápidamente intentas apartarla diciéndote que:

  • todo proceso profundo tiene momentos difíciles

  • remover determinadas heridas puede hacerte sentir peor durante un tiempo

  • ahora eres más consciente de lo que sientes

  • todo lo que vives es normal en el proceso personal

  • seguramente necesitas seguir avanzando...

...Pero la pregunta vuelve...

Porque, aunque intentas convencerte de que todo forma parte del proceso, hay una parte de ti que siente que algo no termina de encajar. Empiezas a observar tu vida con más honestidad, y descubres que sigues viviendo con un nivel de malestar que no esperabas seguir teniendo después de tantos años:

  • Hay días en los que te cuesta levantarte.

  • Hay momentos en los que la ilusión parece haberse apagado.

  • Empiezas a notar una tristeza que antes no reconocías o una sensación de vacío que cada vez ocupa más espacio, no es una depresión, o al menos eso quieres pensar, pero tampoco es la vida que imaginabas construir después de todo el esfuerzo que has hecho.

Y entonces aparece un conflicto mucho más difícil que el propio sufrimiento: No sabes con quién hablar de esa duda, porque cuestionar el proceso también significa cuestionar aquello en lo que llevas años depositando tu confianza, y da miedo.

Miedo a estar siendo injusto, miedo a no estar entendiendo el proceso, miedo a abandonar algo que quizá sólo necesitaba más tiempo, miedo a empezar de cero, miedo a equivocarte otra vez...

Así que vuelves a guardar esa pregunta para ti, intentas seguir, intentas confiar, intentas pensar que todo acabará teniendo sentido... Pero cada vez resulta más difícil silenciar esa pequeña voz que insiste en preguntarte si el camino que estás recorriendo sigue respondiendo realmente a la necesidad de hoy.

Y, mientras esa duda permanece sin poder ser compartida con libertad, la incertidumbre empieza a ocupar el lugar donde antes estaba la esperanza.

El mayor acto de honestidad con uno mismo consiste en atreverse a reconocer aquello que llevabas demasiado tiempo intentando no ver. Ningún proceso debería impedirte hacerte una pregunta tan sencilla como ésta:

¿Realmente estoy donde esperaba estar después de todo este tiempo?

Llega un momento en que el sufrimiento no es la consecuencia de lo que vivimos, sino la consecuencia de no sentirnos libres para reconocer con absoluta honestidad qué es lo que atravesamos.

Llevas años comprometido con tu proceso personal, has confiado en los profesionales que te han acompañado, has dedicado tiempo, energía y una parte importante de tu vida a comprenderte mejor, a sanar heridas y a construir una vida diferente.

Si alguien te preguntara cómo estás, probablemente responderías que mejor.

Y, en parte, sería verdad...

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